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La génesis de un youtuber

18 febrero, 2019Pedro D. Verdugo

Marzo de 2008. “El inicio de una hermosa amistad”

Concluidas las clases de la mañana, David deambulaba enfrascado en sus pensamientos por los pasillos del instituto. A pesar de disfrutar de una situación económica acomodada, últimamente las cosas no iban demasiado bien entre sus padres, y como primogénito debía estar preparado para cualquier desenlace. Le preocupaba cómo se tomarían un divorcio sus dos hermanas pequeñas.

A él le quedaban poco más de dos años para llegar a la mayoría de edad. Pasara lo que pasara en casa, su plan siempre había sido independizarse lo antes posible, compaginar cualquier trabajo con la facultad y vivir aventuras antes de que las convenciones sociales le obligaran a madurar y adquirir otro tipo de responsabilidades. Lo que no tenía tan claro era qué carrera iba a estudiar. Siempre había sacado buenas notas sin demasiado esfuerzo, y le atraían las nuevas tecnologías, pero en las siguientes semanas debía decidir qué tipo de bachillerato escoger, y no podía permitirse el lujo de errar el tiro.

Sorteando compañeros, justo antes de llegar a la puerta de salida del edificio se percató de que se había dejado en clase un libro que tenía que acabar de leer aquella misma tarde, por lo que volvió sobre sus pasos en dirección al aula. Al llegar allí y abrir la puerta, observó como tres chicos empujaban de malas maneras a otro, en dirección a la pared del fondo.–

– ¡De la Red, esto no va contigo, así que pírate ahora mismo y haz como si no hubieras visto nada!— le advirtió el chico más fornido, de un curso superior.

David no se alteró lo más mínimo. En silencio, recogió de su pupitre el ejemplar que había echado en falta y volvió hacia la puerta. Pero antes de agarrar el pomo se detuvo, inspiró profundamente y decidió no hacer caso de la advertencia.

– Dejadlo en paz ­—advirtió finalmente a los agresores—, ¿no os da vergüenza, tres contra uno?

Poco después, David y el chico en problemas, que atendía al nombre de Juli Pla, se encontraban junto a la fuente de un pequeño parque cerca del instituto, aliviándose con el agua fría algunos rasguños y contusiones en cara, antebrazos y nudillos. Aunque ambos iban a la misma clase, nunca habían intercambiado más que frases cortas. Más aún, en el instituto no frecuentaban a la misma gente, ni fuera de él se podía decir que pertenecieran al mismo grupo social. Al contrario que David —popular, afable y siempre rodeado de amigos—, Juli era taciturno y solitario. Algo enclenque y de tez pálida, solía disimular sus ojos con unas grandes gafas de pasta marrón que probablemente estuvieron de moda por última vez a principios de los ochenta. Un flequillo largo y peinado hacia adelante trataba de ocultar su frente, eterno campo de cultivo de diferentes clases de granitos y espinillas. Su ropa se veía algo anticuada, y siempre había llevado la misma vieja mochila de mano al instituto. Todo un nerd, camisa de manga corta con bolsillo repleto de bolígrafos incluido.

– ¿Qué les has hecho para que te estuvieran zurrando así? —le preguntó finalmente David.

– Bah, nada —respondió Juli, sin dar demasiada importancia al asunto—. Me habían dado pasta para que les piratease sus consolas, pero los componentes chinos que usé petaron antes de tiempo y se han cabreado un poco.

– ¿Sabes piratear consolas? ¿Qué consolas? —respondió sorprendido David.

– Cualquiera, Playstation 2 y Xbox por ejemplo, y estoy empezando a investigar con la Play 3. En fin, supongo que hay muchas cosas que sé hacer de las que nadie tiene ni idea —anunció Juli con cierto tono de resignación.

– ¿Y te sacas mucha pasta con esos trabajillos?

– Oye, —advirtió el otro, sin ganas de continuar con la conversación— gracias por tu ayuda antes, pero puedo arreglármelas yo solo con esos paletos. Ahora me tengo que ir, ya nos veremos por el insti.

Sin esperar respuesta de David, Juli se dio la vuelta y comenzó a andar en dirección contraria.

Mayo de 2008. “La sala de las maravillas”

A pesar de unos inicios un tanto accidentados, los dos chicos pronto trabaron una amistad sincera. David se sorprendía a diario de los conocimientos técnicos de Juli sobre consolas y ordenadores, y éste se abrió algo más con otros chicos y chicas del instituto gracias a la intermediación de su nuevo amigo. A esas alturas Juli ya había compartido algún detalle más de su entorno familiar. Hijo único, su padre había fallecido de un ictus fulminante hacía tan sólo tres años, y su madre se había volcado tanto en su trabajo como representante farmacéutica, viajando con frecuencia a congresos y reuniones fuera de la ciudad, que la mayor parte del tiempo el chico la pasaba solo en casa, encargándose entre otras cosas de su propia manutención.

A David le fascinaba el estilo de vida libre e independiente que parecía llevar Juli. Una tarde, tomando un refresco en un bar después de clase, escuchaba atentamente a su compañero mientras éste hablaba con pasión sobre unos videos de Youtube que enseñaban como hackear sistemas y hacer jail-break de consolas para poder instalar cualquier software no oficial. Al acabar, David se rindió una vez más a la sabiduría de su colega.

– Tío, eres el puto señor de las máquinas. ¿De dónde sacas tiempo para trastear con todo eso?

– Como mi madre casi nunca está, me he preparado un rincón en casa con todo lo que necesito, donde puedo jugar y hacer pruebas con lo que se me ocurra.

– Joder, me encantaría ver ese lugar.

Al poco rato ambos subían por las escaleras del edificio donde vivía Juli, una finca antigua de techos altos y ascensor vetusto, casi siempre estropeado. Tras acceder al piso en penumbras, Juli accionó el interruptor de la luz antes de subir las persianas del salón. Todo parecía limpio y ordenado, con un mobiliario austero pero funcional. Sobre la cómoda David observó algunas fotos de su amigo con los que supuso que eran sus padres.

Juli dejó la mochila sobre el sofá e indicó a su amigo que le siguiera por un pasillo largo y estrecho. David no estaba preparado para contemplar la sala de las maravillas que Juli le mostró al abrir una de las puertas laterales. Al contrario de lo esperado, la habitación era bastante espaciosa. En el centro, bajo la luz de dos potentes focos halógenos se situaba una mesa alargada, repleta de lo que parecían extraños ordenadores, unos completos y otros destripados, también consolas modernas conectadas a monitores de televisión, teclados, ratones y mandos de juego. En otra mesa auxiliar de tamaño más reducido, desperdigadas por toda la superficie podían verse algunas herramientas, un par de soldadores y un sinfín de tuercas, alambres y tornillos colocados en pequeños recipientes de plástico.

Pero lo que más sorprendió a David fue lo que encontró al elevar la mirada hacia la pared del fondo y toparse con el inmenso mueble que ocupaba toda su superficie. En él, dispuestas en vitrinas de cristal de diferentes tamaños cual nichos individuales, pudo contemplar una increíble colección de la mayoría de las consolas y ordenadores que habían salido al mercado desde los años 70, empezando por la vieja Magnavox Oddisey de 1972. Acercándose, observó entre otras, la Atari 2600, la ColecoVision o la Vectrex de GCE. Otras vitrinas albergaban microordenadores de 8 bits como los ZX 80 y 81 de Sinclair, además de un “gomas” -el ZX Spectrum de la misma casa-, un Amstrad CPC 464 con su monitor de fósforo verde, un Commodore 64, algunos ejemplares basados en el protocolo MSX, un Apple II, o el precioso teclado rojo y negro de un Oric-Atmos. Juli también poseía un Atari ST y un Commodore Amiga, los primeros ordenadores personales de 16 bits que llegaron al país. En la parte derecha del mueble se situaban diversas consolas de tercera y cuarta generación: la Nintendo Entertainment System y su super-evolución, la SNES; una Atari 7800, una Master System y una Mega Drive de Sega, o una de las joyas de la corona, la flamante Neo-Geo de SNK. El mueble se completaba con varias máquinas de quinta y sexta generación entre las que destacaban una Sega Saturn, una Playstation de Sony y una Nintendo 64, precursora de la Nintendo GameCube, también presente en la colección junto a sus más feroces competidoras en su momento álgido, la Sega Dreamcast y la Playstation 2. En cada vitrina, junto a la consola o micro correspondiente se almacenaban periféricos, mandos y estuches de juegos en diferentes formatos, desde cintas de casete, pasando por variados tipos y formatos de diskettes y cartuchos, hasta CDs.

En otro mueble-biblioteca situado en una pared lateral se habían dispuesto en perfecto orden un gran número de libros relacionados con el mundo gamer, desde manuales de programación hasta documentos técnicos de cada consola o ensayos sobre videojuegos publicados por diferentes editoriales. Para completar el pequeño museo, en una estantería situada en la pared opuesta se podía observar un amplio catálogo de consolas portátiles, desde unas cuantas Game & Watch encabezadas por la anaranjada DonkeyKong, hasta una Sony PSP, pasando por la Gameboy básica, su evolución en color, la versión Advance, o una excepcional Game Gear de Sega junto a otros modelos que David no supo identificar.

– ¿Pero qué coño es todo esto? —logró pronunciar por fin el visitante, con una expresión de fascinación total en su cara.

– Mi padre era un friki de los sistemas de videojuegos retro. Cuando murió me dejó toda esta colección —respondió su amigo con una mirada de tristeza genuina.

– ¿Pero… funcionan de verdad?

– Sí, todo es funcional al 100%. Puedes enchufar ahora mismo cualquier sistema a una televisión o a un monitor y ponerte a jugar.

– Joder, tienes que compartir todo esto con el mundo, Juli. No te lo puedes quedar para ti solo.

 

Septiembre de 2010. “El decálogo”

 David de la Red logró aprobar el bachillerato y sacar adelante la selectividad en el mismo año en que sus padres consumaban aquel previsible divorcio. Pero después de tanta tensión, y una vez confirmada la plaza en la facultad de telecomunicaciones de la UPC de Barcelona, el chico necesitaba relajarse y divertirse un poco antes de empezar las clases.

Por aquellos días Juli Pla necesitaba también una válvula de escape, puesto que, presionado por su madre, iba a estudiar Farmacia, algo que no le complacía en absoluto. Así que entre los dos encontraron la solución perfecta para escapar de su realidad: se harían youtubers, grabando y compartiendo partidas de videojuegos. Aunque David había consumido cientos de horas jugando con su Playstation 2 desde que se la regalasen por su décimo cumpleaños, de no ser por su amigo nunca habría pensado en sacar rédito económico de aquella actividad lúdica y despreocupada.

Durante el verano habían estado haciendo pruebas, y ahora que tenían el equipo técnico y los conocimientos, ¿por qué no podían intentarlo, si había ya muchos otros chavales que se habían hecho famosos jugando y grabando sus partidas? Así que entre ambos prepararon un pequeño decálogo para establecer las bases de cómo querían grabar, editar y publicar sus propios videos:

– En Youtube, el continente suele ser más importante que el contenido.

– La cantidad prima sobre la calidad. Debemos publicar cada pocos días.

– Hay que buscar la viralidad en los vídeos, aunque los virales no deben parecer que lo son.

– Los Gameplays o partidas grabadas es lo que mejor se distribuye, y son fáciles y baratos de hacer.

– El proceso de postproducción es clave para hacer un vídeo publicable y divertido que llegue a la mayoría de nuestro público objetivo.

– Todo este trabajo debe ser compartido no solo en Youtube sino en todas las redes sociales posibles, por lo que hay que construir una imagen de marca personal muy clara y diferenciada del resto.

– Las empresas o marcas buscan valor en los youtubers, y nosotros debemos ofrecer ese valor añadido, diferenciándonos de otros youtubers y de otras propuestas comerciales.

– Hay que transmitir emociones, e involucrarse en el producto aun en el caso de que no creamos en él.

– Ser polémico o incomodar a ciertos colectivos no deben ser barreras para emitir el mensaje deseado. Al contrario, pueden llegar a potenciarlo.

– Hay que entender que, como en otros muchos medios, el público en Youtube no va a ser siempre justo.

 

Junio de 2016. “El consejo”

Juli Pla marcó el número del teléfono móvil de su viejo amigo David de la Red. Tenía la esperanza de poder hablar con él, aunque desde que con su alias Alteregox se había convertido en el más famoso de los youtubers en castellano, De la Red estaba disponible en contadas ocasiones, siempre ocupado en presentaciones, promociones o viajes. A decir verdad, se habían distanciado un poco en los últimos tiempos, pero Juli quería pensar que seguían manteniendo una buena relación.

Él también había cambiado mucho en esos seis años, dejando atrás de manera radical su imagen de nerd paliducho y débil. En lugar de aquel desastroso flequillo, ahora llevaba el pelo a lo mohicano, rapado a los costados y largo por detrás. Se había operado para solventar sus problemas de miopía, lucía un piercing en la nariz, tatuajes en los brazos y dilataciones en los lóbulos de las orejas. Además, desde hacía un par de años acudía regularmente al gimnasio, había ganado masa muscular y se encontraba en muy buena forma. Su paso a regañadientes por la facultad de Farmacia había durado menos de un trimestre.

Al tercer tono, David respondió a la llamada.

– ¡Hombre, si es mi viejo amigo Juli TheFöcker, cuanto tiempo sin hablar contigo!

– ¿Qué tal, perro? —bromeó Juli—. Por lo que veo, últimamente todo te va de maravilla, ¿eh?

– La verdad es que no me puedo quejar mucho —rio De la Red—. ¿Y tú qué tal?

– Todo bien, gracias. Oye, te llamaba porque me he enterado de algo que quieres anunciar a bombo y platillo en los próximos días.

– Ah, al parecer las noticias vuelan.

– No te creas, casi nadie tiene ni puñetera idea de lo que vas a explicar.

– Así es como lo he planeado, compañero —respondió De la Red.

– Espero que tengas cuidado, puedes acabar molestando a más de uno si haces públicas esas informaciones ­—le advirtió Juli.

– Eso es precisamente lo que pretendo.

– Entonces, ¿estás seguro de querer hacerlo?

– Mucho más que seguro: estoy totalmente convencido.

– Bien, pero te lo repito: ten cuidado. Habrá muchos peces gordos que no quedarán contentos.

– No te preocupes, Juli. Lo tengo todo controlado, y te aseguro que no va a haber ningún problema…

Continuará

La historia continúa en Profetas en la Nube, la nueva novela de Héroes de Papel Stories. Ya a la venta en librerías y en heroesdepapel.es

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